Que dulce era la soledad, lo recuerdo como si fuera ayer, cuando la sentía correr por mis venas, por mis huesos, por mis nervios. Era tan dulce, tan reconfortante, saber que no había nadie ahí afuera. Que abría la puerta y la habitación estaba vacía. Que salía a la puerta y la calle era de tierra. Que caminaba por la ciudad, esta puta ciudad, y no había nadie en sus calles, o al menos no reconocía a nadie. Que el olor de la hierba me hacia tan bien, el aroma del cemento me tranquilizaba. No encuentro sentimiento más satisfactorio que la nostalgia. Más que el anhelo, más que el hambre, más que el cansancio, más que el sueño, no conozco nada más placentero. Pero ahora esa nostalgia se fue, ya no golpea mi cabeza tan seguido como antes, ahora solo viene, en pequeñas dosis, en fugaces lapsos de tiempo. La verdad, ya no sé ni lo que siento.
Pero sin duda, esa nostalgia ya no está más [al menos no como antes], esa deliciosa acompañante, de mis tardes, de mis noches, de mis horas y días, de todos los sinsentidos que tiene esta vida en la que estoy, de la que me encantaría salir. Ya no se… si es en realidad nostalgia, o deseo, o quizás desencuentro. Si son memorias lo que siento, realmente no recuerdo si eso lo viví o lo soñé, o lo invente. No sé si esas son situaciones pasadas, o si son crueles bromas que me juega mi cabeza. si me duele el corazón, si mi cerebro dejo de latir y de bombear sangre a mis cansados músculos, hartos de todo esto.
Realmente nadie suele comprenderme, nadie suele ver. Recuerdo no hace mucho, una señora siempre me decía, que a la gente se la debía mirar a los ojos. Que ellos decían todo, que ellos no mentían. Pero la gente no mira a mis ojos. La gente no extiende su mano. La gente no confía. La gente es tan diversamente complicada, tan extraña. Gente… una forma de decir.
Pero yo no quiero ser como ellos, lucho todos los días para no ser como ellos, para no parecérmeles. Y es todo tan raro aquí, nadie parece entenderlo. Y finalmente lo había conseguido, en mi casa no había nadie, en la vereda no había nadie, en las calles no había nadie. Pero siempre aparece esa persona, siempre… arruinando mi ilusión de que no necesito a nadie. De que nadie me necesita a mí. Seria todo mucho más fácil, y probablemente yo no escribiría esto, si en el pecho yo, en vez de otro cerebro tendría un corazón.
Suscribirse a:
Enviar comentarios (Atom)

No hay comentarios:
Publicar un comentario